Los 70 y los 80 no fueron fáciles en España. La ansiada democracia no supuso un gran cambio para los habitantes de los barrios más pobres que, ocultados bajo la alfombra de un país que quería reclamar su puesto en Europa, sufrieron el impacto de la droga y la desigualdad de forma indiscriminada.
Los cineastas que se atrevieron a tratar el tema no contaron con el respaldo de una sociedad que quería huir desesperadamente de sus propios demonios pero, con el tiempo, el “cine quinqui” se ha convertido en el mejor testimonio público de la España que buscó héroes entre sus delincuentes.
Con Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma como máximos exponentes tras las cámara, directores como Carlos Saura, Vicente Aranda o Gil Carretero filmaron algunos de los títulos imprescindibles del género escapado de la época en la que los coches estaban para ser robados. Hoy reviven este genero tan nuestro que incluso duele nombres como Carlos Salado o Paco Leon.
Nuevos quinquis
La pobreza y los barrios marginales no han desaparecido y, por suerte, el cine tampoco. Con el paso del tiempo, diferentes cineastas se han acercado desde puntos de vista bien distintos a aquellos que, de haber permanecido en los 70, hubiesen sido protagonistas del subgénero que estamos repasando.
Con la llegada del nuevo milenio, dramas de barrio como ‘7 vírgenes’ (Alberto Rodríguez, 2005) o intentos de reflotar viejas leyendas como ‘Volando voy’ (Miguel Albaladejo, 2006) mantuvieron viva la mecha que llegó intacta hasta la paródica (y precisamente por ello sublime) ‘El mundo es nuestro’ (Alfonso Sánchez, 2012), el pase de relevo entre quinquis y canis. Sin olvidarnos de los tejemanejes a los que se ve obligada una madre (y nunca tan acertadamente) para llevar adelante una familia de clase mas baja como en ‘Carmina o revienta’ (Paco Leon, 2012) obra de nuetro quinqui mas querido El Luisma.
En 2016, Carlos Salado recuperó la faceta más dramática y dura de aquellos desesperados relatos en ‘Criando ratas’, y tambien, en ‘Mala ruina’ cortometraje mellizo de criando ratas en el que Carlos Salado colabora con Young Beef, exponente del trap español. Un personaje de lo mas quinqui que te puedes echar a la cara.
‘Criando ratas’ (Carlos Salado, 2016)

El Cristo, reputado delincuente juvenil, tiene una deuda con uno los narcotraficantes más poderosos de su barrio. Bajo los efectos del consumo de sustancias estupefacientes e inmerso en un estado de desesperación, lleva a cabo todo tipo de actos delictivos para conseguir el dinero. Poco a poco, irá cometiendo errores que le harán ganarse muchos enemigos.
Con un joven director, ademas de compositor y musico en Uña y Carne, reviviendo un genero como el quinqui, renovando el panorama autoproclamandose «neoquniqui» queda claro que a este genero tan de aquí le quedan muchos delitos por cometer.
Para todos esos nuevos “quinquis” que han cambiado la rumba por el trap, aquí tenéis estas películas imprescindibles de un género tan nuestro que duele.
‘Perros callejeros’ (José Antonio de la Loma, 1977)

En las afueras de Barcelona, El Torete y compañía sobreviven como pueden a base de tirones, pequeños hurtos y robando coches. No tienen edad para conducir, pero ya pisan a fondo.
Primer gran éxito del género, con Ángel Fernández Franco “El Torete” de protagonista adelantándose al Vaquilla en notoriedad, algo que no sentó demasiado bien a Juan José Moreno Cuenca, fuente de inspiración de mucho de lo que se ve en la película.
Poco después llegarían ‘Perros Callejeros II’ (José Antonio de la Loma, 1979), ‘Los últimos golpes del Torete (Perros callejeros III)’ (José Antonio de la Loma, 1980) y, en un inesperado y actual giro de los acontecimientos, ‘Perras callejeras’ (José Antonio de la Loma, 1985).
‘Colegas’ (Eloy de la Iglesia, 1982)

A Antonio, Rosario y José les ha tocado vivir un momento complicado y, cuando ella queda embarazada, la cosa no mejora. Paro, drogas, homofobia, prostitución, delincuencia y tráfico de bebés, un completo.
Antonio y Rosario son los Flores y, con ellos, llegarían las recomendaciones musicales a un perdido de la Iglesia que se acercaba poco a poco a su mejor obra.
‘Navajeros’ (Eloy de la Iglesia, 1980)

José Manuel Gómez Perales “El Jaro” vive de golpe en golpe, de cama en cama y de bronca en bronca.
Eloy de la Iglesia ya se había asomado a este tipo de retratos callejeros de este tipo en ‘El diputado’ (1978) y ‘Miedo a salir de noche’ (1980), pero fue con ‘Navajeros’ donde, ayudado por El Jaro y El Pirri, comenzó su carrera como el más dedicado realizador de cine quinqui.
Ese mismo año aparecieron nuevos títulos indispensables para los completistas como ‘Chocolate’ (Gil Carretero, 1980) y ‘La patria de ‘El Rata’’ (Francisco Lara Polop, 1980).
‘Deprisa, deprisa’ (Carlos Saura, 1981)

Ángela, Pablo, Meca y Sebas no tienen mucho que hacer. Apáticos, ven pasar los días animándose con heroína hasta que deciden que, para escapar, hay que arriesgarse y realizar golpes más ambiciosos.
Carlos Saura ya se atrevió a rodar la parte más escondida de la sociedad en ‘Los golfos’ (1959), pero es su versión de la desesperación juvenil a finales de los 70 de ‘Deprisa, deprisa’ la que marcó a toda una generación.
Oso de Oro en Berlín, fue además la única película de José Antonio Valdelomar, muerto sobredosis por heroína en la cárcel de Carabanchel en el 92.
‘El pico’ (Eloy de la Iglesia, 1983)

Paco y Urko le dan fuerte al caballo. Cuando empieza a ser un auténtico problema en sus vidas, sus padres intervendrán pero, por si la heroína no era un problema lo suficientemente importante, el padre de Paco es Comandante de la Guardia Civil y el de Urko un influyente líder de la izquierda abertzale.
Eloy de la Iglesia regaló a José Luis Manzano un personaje tan redondo que no logró despegarse de él nunca más y que repitió en la aún más intensa ‘El pico 2’ (Eloy de la Iglesia, 1984). De banda sonora rotunda, ‘El pico’ logra hablar de todos los problemas del país a través de los ojos de la generación a la que le tocó vivirlos.
Fue además la tercera y última colaboración entre Eloy de la Iglesia y Enrique San Francisco.
‘El Lute: Camina o revienta’ (Vicente Aranda, 1987)

El Lute tampoco lo tuvo fácil y, tras un atraco a una joyería en la que un vigilante fue asesinado, pensó que no volvería a vivir en libertad. No muy contento con el asunto, se fugó de un tren en pleno traslado y, como vemos en ‘El Lute II: Mañana seré libre’ (Vicente Aranda, 1988), repitió jugada cuando llegó al penal del Puerto de Santa María.
Vicente Aranda tiene la culpa de que muchos piensen en Imanol Arias cuando se habla de Eleuterio Sánchez Rodríguez.
Los años iban pasando y a finales de los ochenta, este díptico sobre nuestro prófugo más célebre marca forzosamente el fin del cine quinqui original. Echando la vista atrás para narrar lo que ocurrió en aquella época, sus protagonistas y antihéroes empezaban a ser leyenda.
‘Yo, el Vaquilla’ (José Antonio de la Loma, José Antonio de la Loma Jr., 1985)

Juan José Moreno Cuenca «El Vaquilla», consigue contar por fin su historia. Ladrón de coches desde lo 9, y culpable de asesinato desde los 12, a los 15 años ingresó en la Modelo heroinómano y enfermo de sida.
Aunque fue Raúl García Losada el que interpretó al joven delincuente, El Vaquilla consiguió convertirse en una estrella interpretándose en los segmentos en los que narra sus desventuras. Ojo, que El Torete no se lo quiso perder e interpreta a su abogado.
Aunque por la fama de su protagonista, probablemente el héroe quinqui por antonomasia, se ha convertido en uno de los títulos más conocidos, cabe destacar otros de aquellas fechas como ‘De tripas corazón’ (Julio Sánchez Valdés, 1985) o ‘27 horas’ (Montxo Armendáriz, 1986).
‘La estanquera de Vallecas’ (Eloy de la Iglesia, 1987)

Leandro y Tocho deciden robar un estanco pero la flata de experiencia, y la templanza de la buena de Justa, la estanquera, frustrará su robo para convertirse en una inesperada toma de rehenes.
Con unos estupendos José Luis Gómez, José Luis Manzano, Emma Penella y Maribel Verdú, el director se despidió del cine (al menos hasta 2003) con este pequeño pero fundamental fin de ciclo. La pobreza y delincuencia de los suburbios (y no tan suburbios) estaba cambiando de aspecto, y el cine con ellos.